jueves, 5 de febrero de 2026

Maitreya

 

Rafael Teicher como Maitreya


Sabía que la peregrinación es un asunto temperamental, que la geografía proviene de la manera del llanto negro, que los enanos y los gigantes no saben besarse en primavera, sabía las cosas


Intuía mínimos radiantes vacilando entre los yuyos, se enredaba en las barbas salitrosas del ocaso como un cisne de mil años


Era capaz de mecerse con el pulso bovino de la aurora, raspaba sus hombros en la cabeza del fósforo del cielo, siempre buscando bajar la guardia del gameto


Se devolvía a los regazos


En el principio fue la palabra y en el final el cuerpo, repetía en la clave de la gárgola, procesional como un pescado


En el comienzo la mansa confusión de un rulo abierto, el viento corporal y masivo de la lengua, los caprichos memoriosos que dan orígen al risco, el batir iracundo de los naipes cuando fundan casas


Al final habrá el contacto de los búfalos, el bochornoso derrumbe de todas las campanas


Al otro lado de los regueros de la conciencia ardía el documento de la noche, trozadas estrellas con pecho de infante se topaban unas a otras como lanzas


En la dirección compuesta del vértigo yacía la aniñada luminiscencia de los ogros negros, planeada como la absoluta presencia de la lluvia sobre sueños que acaban de rendir la vida, sobre la conjunta matriz de algunas lápidas


Los versos pueden estirarse como pedúnculos de flores mágicas, bajando la varilla del tiempo hasta medir las aguas con el pico iluminado, desarmándolas


Caen hacia la masa las patas de una palabra con alas, un dije escrito por los siete centros como el corazón de una calandria


Suponiendo que no haya manera de hundir la espada britana en el lomo del hada que amamanta, estableciendo como imposible secar las velas con los puños, haciendo constar que se han agotado las frambuesas albinas del coto impar, teniendo presente que cuando besas te duelen las encías, y que cuando corres la arena se deshoja a la velocidad de los momentos,


Suponiéndote inmortal como la pezuña del gato, suave como las caderas de la aurora, aún así serás palabra refulgente, santidad de la carilla rasguñada


Lo sabes decir por módulos que huelen a hiedras apresadas en “La Cartuja de Parma”


Lo sabes tallar sobre el omóplato con tintura de claveles volantes


Majestuoso como el cuerno


O breve como el coito


Lo seccionas con la hoz de un carnicero de Edimburgo, lo pones en el cuenco del miedo para que se vuelva madre, lo distancias


Entras en la carrocería del sol como un adjetivo pendenciero


Sin embargo, y a pesar del escupitajo de los diablos sin piel, eres benigno en la punta de las varas



Rafael Teicher   12/6/2008


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